lunes, 24 de marzo de 2025

Amor y fe (IV)


 

Aunque no muy puesta en el dogma, ya sabía que había no sé qué mandamiento que ponía bastante difícil lo del sexo, por lo que no me extrañó que mi Sebas no se mostrara muy interesado en un principio. Era algo que hasta me halagaba, cansada de que los tíos te vean solo como un agujero a tapar nada más. Pero dos meses estuvimos hasta que me dio el primer beso, que ya llegaba un momento en que se nos acababan las palabras, pero ninguno pasaba a la acción, y yo menos, no fuera a asustarlo al pobrecito. Fui sonsacándole que no estaba en contra de las relaciones prematrimoniales (¡menos mal!) siempre que fueran responsables y guiadas por el amor, a lo cual no pude más que decir amén. Pero después de apuntarle de que ese bien podría ser nuestro caso, tuve que echar mano de todas mis armas de mujer para que se me acercara un poco. Cuantas más largas me daba, más me excitaba. Le sometí a un marcaje cuerpo a cuerpo, teniéndolo a menos de treinta centímetros de mis tetas o de mis caderas continuamente, echándome en su regazo, jugando con sus rizos, masajeándole la espalda. Tras arduos trabajos en los que ardía de gozo al verle tan seráfico e indefenso, empezó a poner las manos sobre mi cuerpo, primero como sin querer y luego como queriendo.

Lo consideré una victoria absoluta el día que por fin me entregó su boca, aunque descubrí un poco confundida que besaba con mucho estilo, que no era la primera, ni mucho menos, que arribaba a sus labios. Pero yo no buscaba ninguna virginidad chorra sino un hombre que me amara, y Sebas, aunque algo pacato y pasado de moda, iba por ese camino.

Tras el primer beso creí que las cosas irían rodadas, pero no. Empezamos a vernos en su casa o en la mía y nos demorábamos tardes enteras en sinfonías de besos, caricias y susurros. A veces bailábamos abrazaditos con Frank Sinatra cantando solo para nosotros, levitando mientras colgaba de su cuello. Luego, cuando el sol se iba, un té a la luz de las velas o poemas de Tagore leídos en el sofá hechos un ovillo, y otras veces le daba una paliza al backgammon oyendo a Duncan Dhu. Pero de sexo nada de nada. Toda la vida pensando que eso de los amores platónicos era un invento del Corte Inglés para vender más colonias, y ahora me doy de bruces con uno que me admira, pero nada más. Que conste que yo estaba encantada de que me tratara como una princesa, que me dijera que me amaba y que era la mujer de su vida y que no había habido ni habría otra como yo por esta parte de la galaxia, y que si patatín y que si patatán, pero llevar más de cuatro meses sin sexo al lado de un yogurcito como ése era demasiado para un cuerpo como el mío, acostumbrado a darle su ración de vicio en cuanto me lo pedía. Así que algunas noches despertaba en mi cama abrazando la almohada y ardiendo, no por el calor, y en algún sueño loco me lo follaba vivo en la sacristía de su querida parroquia, llegando a correrme toda. Es lo que tiene el amor.

lunes, 10 de marzo de 2025

Amor y fe (III)


 

Cuando has llegado a ese punto en que crees que ya no habrá hombre que te haga daño porque no piensas volver a enamorarte, justo aparece uno como Sebas para echar tus planes por tierra. Y es que era una joya. Un poco caballero a la vieja usanza, de los que te iba abriendo las puertas y regalando flores. Un poco quijote, ayudando a críos imposibles, visitando ancianos solitarios o de monitor en la parroquia. Un poco artista, con esas canciones cursis para cantar al calor de la hoguera en las noches de acampada. Sebas trasmitía una alegría tranquila, una felicidad sin sobresaltos, supongo que asentada en la fe en su Dios y en sus creencias, que una cínica como yo no pensaba que quedara todavía suelta por ahí.

Pensaba que los católicos que quedaban cogían todos en la plaza de San Pedro, que era un comecocos en el que la gente ya no caía desde la época de nuestros abuelos. Pero descubro que uno de ellos era un tipo encantador, que me trataba como una reina, que era idolatrado por jóvenes y viejos en su parroquia, siempre dispuesto a echar una mano a quien lo necesitara, siempre vital y positivo. Hasta empezó a caerme simpático el papa de Roma, a pesar de que su guardarropa dejaba mucho que desear. Además, mi Sebas tenía un exquisito tacto en lo de sermonearme, aunque no dejaba pasar la oportunidad de ponerme al corriente sobre los misterios de su fe, por los que yo pasaba de puntillas. Desde la primera comunión, pecadora de mí, no había vuelto a pisar una iglesia más que para bautizos, bodas y demás, o cuando estás de viaje y visitas la típica iglesia románica mientras haces tiempo hasta que abren el bar de la esquina.

En su compañía y de manera imperceptible, empecé a rebajar el contenido sarcástico y cínico de mi lenguaje, que, aunque Sebas decía que tenía un sentido del humor muy mío, bien me daba cuenta que no estaba acostumbrado. Yo que siempre veía dobleces y conspiraciones a mi alrededor, junto a él bajé la guardia, pues todo lo que me enseñaba era tal como lo mostraba. A su lado todo parecía sencillo y diáfano, el mundo siempre ofrecía su lado más amable.

lunes, 24 de febrero de 2025

Amor y fe (II)


 

Estaba cierta noche veraniega con una amiga dando una vuelta por los bares de ambiente, cuando me entró uno con este sermón:

–Fíjate tú la pena que da toda esta gente bebiendo, fumando, riendo a lo tonto, perdiendo su vida, cuando tantas cosas hay que hacer–. Otro que se ha pasado con los tripis pensé, pero no, no parecía estimulado contra natura, y hablaba en serio.

– ¿Y qué haces entonces en semejante ambiente?

–Estoy al cuidado de dos adolescentes problemáticos que no conviene dejar solos por la noche– me dijo mientras señalaba a dos chavales que pululaban a su alrededor con sendos mostos en vaso largo venga mirar culos y tetas.

–Así que eres un buen samaritano, un solidario, oenegero o como se diga– le asaeté. Su respuesta me dejo turulata:

–No, simplemente soy creyente y me preocupo por los demás. –Me lo soltó mientras empinaba el codo, y la cerveza se me fue vete tú a saber por dónde con el ataque que me dio. Creyente, católico, yo pensaba que eso era una patología, como tener vegetaciones o ser del Betis. Pero no, allí estaba Sebas, joven y bien parecido, presumiendo de ello. No daba crédito a lo que oía, pero sí que le di carrete a ver por donde salía este proyecto de beato, y bueno, lo que oía no me sonaba a música celestial pero tampoco me desagradaba. Era divertido a su manera, se le veía convencido de su rollo, pero en ningún momento intentó sermonearme ni venderme la moto. Emanaba tranquilidad y cierto tipo de seguridad que a las mujeres nos pone. Vamos, que se salía de la media de gañán a tiempo completo, así que encantada le di mi teléfono para vernos otro día en otro sitio con menos ruido.